impecable tacto,
consistencia de algodón
ardiente, tenaz, frágil.
Obcecada la noche
en su reinado,
ignorante de la esencia
que evapora.
Incitante en la caricia
que me esculpe,
emergiendo de la nada
entre las ramas.
Qué absurdo es el sonido
de este viernes de conflictos y llamadas,
de este día de palabras y silencios
que viven sin nombrarte.
Qué pobre en su existencia, qué vacío,
tan solo en su certeza de ilusiones,
qué alarde de poder innecesario,
qué triste es la victoria de las horas.
No hay una historia,
no hay un tiempo fijo en este tiempo
que tiene nombre.
En este tiempo que tiene matiz y forma,
profundidad de océano
y olor a cercanía
tatuada sobre la piel de los teoremas.
¿Qué haremos ahora que vivimos
la caída hacia arriba, en pleno vuelo,
la locura del reloj de la memoria,
el abandono del miedo en los desvanes
y el equipaje de la edad en las esquinas?
Y sé que esta es la hora
que empuja a dormir en los poemas,
fragil descanso.
La hora de escribir certezas que son nosotros,
inevitable mezcla de alientos
con tacto de sábana recién lavada
y la promesa del mar en cada poro.
Mai més no serà ahir
i aprendrem a protegir les veus
amb la veu,
els plors amb les mans
plenes de nosaltres.
Que no defalleixin les flors
ni davant les tenebres,
mida exacta de les pors
i les enyorances.
Que les llavors que oferim
trobin la deu desitjada,
fecunda certesa del avui
que tot just comença.
Candente sonido, voz.
Abrigo y refugio
ante la solidez del hielo.
Roce en el silencio
que suaviza las aristas
y derriba el muro frío
del equívoco distante.
Luz en el yerro de la luz,
sustento del placer
y la fiel certidumbre.
Acógeme, eco, al extremo
del ovillo de Ariadna,
y troca en manantial fluido
Junco flexible, estela,
azul amago de caricia
junto a antiguas piedras
de historia antigua.
Rodeado de sonidos que no son tú
ni son yo.
Empapado de rocío y sol,
la sombra al acecho.
Cruel transición de luz
sobre las puertas.
Estremecido vértigo
ante la promesa de la cumbre
y la fría amenaza
de la roca furtiva
que presagia el descenso feroz
al infinito.
Impasible en la orilla, sutil.
Dulce amante de la hiedra
que le tiende - ante el abismo-
un puente.
Acabas de irte y ya suena el eco
de tu ausencia en mis paredes,
ya ha perdido el aire su aroma,
su espeso y dulce tacto dorado.
Acabas de irte hacia la noche,
cabalgas en tu espectro de distancia,
te llevas el calor entre las manos,
en los labios el sabor de mi esperanza.
Acabas de irte, amor, y yo te extraño
y rezo en mi altar de seda azul,
sabiendo que es mi alma el que se inmola
al dios de las esferas de cristal.
Nunca
se deshacen las flores en las manos
ni los pulsos ensordecedores del tiempo
logran desordenar
los capítulos que escriben los latidos.
Es tarde,
suena el segundero como plomo
arrojado desde lo alto de la noche,
extrañamente opaco,
hipnótica invitación al abandono.
Y prevalece sobre él la rebeldía,
la esmeralda del deseo en la mirada,
el azar jugando a ser sentencia
inapelablemente firme y justa,
húmedo eslabón prendido en los dedos
que ata tu cuerpo a mi madrugada.
Bajo la confortable fantasía
del viento que germina mi universo,
conjugando la belleza
como única ofrenda de las manos vacías.
Solitario oasis de lluvia entre la lluvia
con tonalidad gris de lágrima
y añoranzas de caricias en los bancos
recubiertos por la hiedra irrefrenable.
La palabra:
Gigantesco plagio del espíritu
que florece como el junco en el estanque,
magnetismo del vuelo del insecto
que venera hoy la mujer de mármol.
Un cielo gris de plomo
que embelesa
tus sentidos de hombre de lluvia
y melodía.
Circunstancia y conclusión
de los estímulos
que licitan la absorción
del espejismo.
Si alguna noche un hada
viene a concederme un deseo,
que tus manos sean aves
y aniden entre mi pelo.
Una sombra
rezagada en el momento,
acuciante como el parpadeo de una vela.
Y es tan claro
el matiz con que vislumbro las llegadas,
tan sereno
el instante que precede al desatino...
No hay colores,
apenas el matiz de la distancia
que envenena la tibia luz del desierto.
Y no se evitan
los conciertos de las aves en los bosques
ni el aroma de la sal entre la arena.
No se cierran los balcones
ni las rejas que protegen
la virtud de las doncellas.
Y apetece sucumbir,
rendirse a la belleza, derrotarse,
abrirse a las miradas como el río
y ofrecer cobijo
al reflejo que lleve a Narciso
hasta su seno.
Aúlla el viento, gime.
Se estremece de placer y celos,
retuerce las ramas, las abate
en una rebelión celeste.
El jardín se pliega a sus deseos,
rinde, humilde, sus brazos
a la furia que arrebata
su orgullo de belleza estática.
Vence, arrogante, el vendaval
ahogando los quejidos de la tierra
y esparce con su vehemencia
el germen que la hace eterna.
Después de tanto observar
la fría y pulida superficie
y reflejarme sólo en el brillo
y la vanidad
descubro al mirarte a la cara
que eres tú la imagen
que devolvía mi espejo,
la que soy en realidad.
Y sólo temo en este instante
que obedeciendo a su esencia
ofrezca resistencia al golpe
y se quiebre.
Por ser reflejo.
Y fue.
El rumor se hizo presencia
y la piel una certeza
feroz.
El aire se estremecía
con rugir de manantiales
infinitos,
inevitables mareas que arrasaban
la serena evocación
de los días.
....................................................Nubes
habitadas por legiones de imposibles
derrotados uno a uno como gotas.
Con túnicas de palabras
y velos de percepciones,
como princesas ocultas
al ardor de las miradas,
fue.
Que no te importe, amor, el desafío
que te envío con mi voz en oleadas.
No tiene más peligro el viento
que ahora azota mi ventana,
ni el mar que llega ansioso
y besa el faro.
¿Quién mide la intensidad
del deseo?
¿Con qué escala se compara?
¿Dónde está el matiz preciso
que distingue el estallido de un beso
a otra boca que se inflama
de la explosión de un abrazo
o la erupción de tu vientre, pura lava?
Que no te importe, amor,
porque así lo siento.
Todo es fuego,
todo el aire se agita en llamaradas
furtivas,
clandestinas,
sin embargo, el alma se inmola
junto al cuerpo
feliz,
entregándose a la hoguera
y consciente
sabiendo que el viento es viento
porque insiste en su vuelo
y que el mar seguirá deseando
arrancar el faro.
Porque ese único empeño
es su forja,
el ansia de vida que les configura.
Desmesuradamente,
sosegadamente a la vez,
con extrema plenitud
decrece la intensidad
del oleaje
y la tormenta
detiene apenas su furia
de metal
para reafirmarse en su postura
y desafiar de nuevo al cielo.
Que no te importe, amor,
porque así lo siento.
Es distinta la noche
que compartimos.
Sorprendidos del prodigio,
de la magia incierta
del ilimitado poder de soñar,
nos miramos.
No es extraña la voz
ni los deseos.
Y abrazamos el misterio
de la esencia inesperada
que brota ante la inmensidad
de un momento.
Porque hoy eres poema.
Estela de un sueño en el que habito,
voz del nombre que me nombra
y me define,
roce en la piel de la piel desconocida.
Porque hoy eres poema.
Hiedra sutil que enreda palabras precisas,
cadencia del ritmo exacto
en que me mezco,
Luz que revive noche a noche
la apagada luz.
Porque hoy eres poema.
La oración de un alma
que no se cansa de aprenderte.
Porque eres poema
y hoy naces en mí.
Un año.
Un año combinando letras
dibujadas en tu piel,
palabras como arabescos
en la espalda.
Hoy ya no importa,
carecen de sentido los azules
y las rosas que nacen
en la playa.
Pero sigo conjugando verbos
robados a la poesía,
pintando el lienzo que habita
en el alma.
No es pereza.
Es abandono, hijo
de la quietud exacta
del momento.
De la calma serena
que evapora sueños
e historias.
Del dulce instante
que evoca recuerdos
no vividos.
No es silencio.
Es el extracto invisible
de la luz dorada
de la tarde.
El aroma del vuelo
reposado y voluptuoso
de las nubes.
El tacto cálido del aire
que recorre la piel
y la eriza.
No es reposo.
Es el deseo adormecido
que obedece la tregua
y espera.
El rumor del latido
sosegado que traspasa
cada vena.
No veo ya nieve en las cumbres,
el sol me obliga a bajar la mirada,
se van de mi invierno las nubes,
y huele a mar en la distancia.
Lo bueno que tiene febrero
es que es tan corto
que duele menos.
Hoy ya no llueve en las calles
empedradas junto al puerto,
es sólo agua que cae
mísera, absurda, sin freno.
Ya no reflejan las gotas
la luz de cada farola,
convirtiendo en charol negro
los viejos tejados del pueblo.
Hoy ya no apaga mi sed
bebiéndola mientras me moja,
ni ofrezco la cara al cielo
para recibir su beso.
Ya no sé observar la lluvia
mirando a través de otros ojos,
ya no esconde la poesía
del vaho tras los cristales.
Sobre el bosque de paraguas
dejando un paisaje roto,
mísera, apresurada y fría,
ya sólo es agua que cae.
La noche
y el azul que produce
su eco tan frío, distante.
Guardando en un puño
la belleza de la luna
en la ventana
y el ritmo vibrante
del latir del pecho
que se eleva sereno.
Solitaria reina del mundo
voluptuosa y lenta
en su trono:
La noche
y el presagio del sueño
enredado en tu pelo.
Sola, absurda, triste, fría,
insensata, ilógica, extraña, vacía.
Necia, estúpida, desatinada,
infeliz, boba, desequilibrada.
Ofendida, rara, insólita, ajena,
atormentada, afligida, incómoda, enferma.
Lastimada, herida, inacabada,
derrotada, rota, desubicada.
Deshecha, arrollada, seca, vencida,
insensible, apática, helada, dormida.
Insulsa, aburrida, harta, distante,
cansada, molesta, afligida, errante...
Desde que no estás me siento
feliz como pez en el árbol.
Los tatuajes duelen
como todo lo que se pretende eterno.
Prefiero no llenar todo tu espacio
y ocupar el minuto que dura un poema.
Prefiero no haber aprendido a ser sinfonía
y bailar a tu lado el vals del deseo.
Prefiero no ser tu abrigo de invierno
y que me necesites cuando sopla el viento.
Prefiero que el ruido no sea compañía
y que me recerdes cuando reine el silencio.
Prefiero dibujarte mi nombre a diario,
para que nunca llegue a ajarlo el tiempo.
Porque da igual cuantos soles se pongan,
da igual cuantas lunas nazcan
y cuantas apaguen su luz noche a noche.
Porque el tiempo no importa,
porque da igual si la historia del hombre
se vuelve a escribir.
Porque podría volver a vivir treinta vidas,
porque da igual lo que tarde un alma en morir
y en volver a crear una nueva conciencia.
Porque prefiero esperarte segundo a segundo,
sabiendo que al final nunca es tarde,
da igual cuando dure una eternidad.
La frase con que presento este blog: "Nunca es tarde para escribir un poema" se la robé a un poeta amigo mío. En realidad se la pedí prestada porque él sabe que la uso, pero no es ese el tema.
¿Qué queda cuando el alma se vacía
en un proceso imparable?
¿Qué llega tras la derrota?
Cuando ya no se llora porque las lágrimas
son un esfuerzo inhumano.
Cuando la espera es un deseo consciente
de no claudicar.
¿Qué resta de cada vida vivida en las manos?
¿Qué recuerdo queda aún por evocar?
Sabiendo que no mueren y hay que vivir con ellos
otras vidas.
Y que cada día, cada paso, cada sueño que falta soñar
no són más que lastre.
Que pesa
y duele
y aniquila.
Tengo
una rosa azul con un mensaje,
un poema escrito con letras invisibles
y unas manos.
Tengo
un altar de caramelo ardiendo,
la vida nadando entre mis ojos,
muy despacio.
Tengo
un libro que también puede leerse,
dos esferas de cristal guardando un sueño,
cada noche.
Tengo
el sabor de la sal en una playa,
la lluvia resbalando por mi pelo
en una calle.
Tengo
una pared pintada con mi nombre,
el alma guardada en un baúl de plata
y tú la llave.
Pobre pluma
estúpida y triste herramienta
que no sabe decirte.
Que, por más que lo intenta,
no puede, no llega a esbozar
tu imagen.
Despacio, lentamente,
con la sinuosa cadencia
del agua imparable,
te alejas.
Como esa misma agua fría
que erosiona feroz
la solidez de la piedra,
me dueles.
Inmóvil espero
tu roce, la dulce caricia,
la huella de tu paso
y tu partida.
Te oigo,
no estás pero te oigo,
no añoro más que tu voz.
Me falta esa única caricia
lenta y vibrante,
ese roce suave en el oído,
por debajo de la piel.
Pero te oigo,
quizá porque aún llevo puesto
tu sonido
que me viste, me tatúa,
que rellena cada poro
y en la distancia, te oigo.
Hierba, huele a verde,
huele a olivo y amapola,
a serenidad y brisa,
a sol quemando la piel.
Huele también a tristeza,
a la soledad de la tinta,
a la complicidad del papel
bajo las nubes.
Si alguna vez me pierdo,
si no aparezco en los mapas,
os dejo mis coordenadas:
buscadme sobre su espalda.
No es oscura la noche
si me esperas
sentado en el alféizar,
colgando los pies sobre el vacío
y seguro,
convencido de flotar si te resbalas.
Pierden sentido las preguntas
cuando ya no duele el alma
al formularlas,
cuando se gana una batalla
en cada verso,
cuando la respuesta es más dueña que yo
de mis palabras.
Mnemósine, diosa,
llévate el invierno,
las noches, los días,
quédate el recuerdo.
Te ofrezco el ayer, el mañana,
el resto del tiempo.
Roba mi memoria
y déjame los sueños.
Y no es sólo saber que existes,
es que buscas el resquicio de la huella
de mi paso por el mundo.
Me navegas descubriendo cada costa,
rompiendo en los arrecifes, tras el faro
y diluyéndote en la arena.
No es sólo saber que me piensas,
es que encuentro una señal en cada esquina,
segura como el hilo de Ariadna.
Cielo a cielo, encadenado a mi cintura,
sobrevuelo cada tierra, cada isla,
desechando cualquier miedo a la caída.
No son murallas, no temas,
no son paredes ni cercas,
no son cárceles ni vallas,
no son rejas ni son tapias.
no son barrotes ni muros,
no son confines ni rayas,
no son límites ni puertas
que puedan estar cerradas.
Extiendes tu mirada sobre mí,
se vierte como miel cálida
derramándose espesa y líquida.
Y percibo sabores imposibles,
desconocidos aromas y notas
que colorean la armonía,
que afilan los sentidos
y erizan cada fibra.
Abrigo cálido del alma,
cadencia lenta de caramelo,
seda suave que me cubre,
que se clava como alfanje,
como daga feroz y profunda
dibujando fértiles surcos,
deslizándose ágil por la espalda
y yendo a morir en la boca.
He rozado apenas tu piel
fundiéndome tanto en ella
que tu tacto morirá en mis dedos
sólo cuando yo muera.
Si llueve y te pienso
no escribo a la lluvia
sino a tu recuerdo.
Guardo un recuerdo lejano
en un estante del alma:
Había un faro, un viento helado
que nos cortaba la cara,
y una canción de Serrat
grabada en una vieja cinta
sonaba camino de casa.
Aún te veo paseando
con tu mochila en el hombro
buscándome con la mirada.
Luego recuerdo la música
que huía por la ventana
persiguiendo un coche azul
que rodeaba la plaza
y se llevaba tu roce
y me dejaba un perfume
prendido de una palabra.
Ha pasado media vida
y aún te veo paseando
buscándome con la mirada.
Me ahoga
la profunda inestabilidad
de lo inmutable,
la terrible predestinación
de los días.
Y no quiero
regodearme en las secuelas
de lo incierto,
abrazándome a un espasmo
de futuro.
Agua,
llueve,
suena y golpetea en los cristales
furiosamente feliz de ser la dueña,
de reinar en el cielo
y en la tierra,
de empapar de vida la tristeza
de las piedras.
Tras dejar clara mi humanidad
tropezando varias veces
en la misma piedra
declaro que me rindo.
Abandono todo intento
de comprender,
cada momento de esfuerzo,
todo el desgaste de energía
y mucho tiempo perdido
Así que doy media vuelta
y me alejo de la piedra.
Volveré a tropezar, seguro
y volveré a caerme,
pero en dirección opuesta.
No tengo otra cosa
que unas manos manchadas de tinta
y una pluma rezumando palabras
y un motivo
para arañar con azul las blancas hojas
de mi libreta de tapas negras
que, como tú, siempre me acompaña.
Nunca te dije
que pudieses conseguir
romper el mar y acuchillarlo,
subirte en el viento y escapar.
Deja de pensar
que cuando despiertes un día
la luz se fundirá en tus manos
y al mirarla veas la verdad.
Cuando caiga tu estrella,
cuando el mar te arrastre,
no vengas a buscar mis fuerzas
porque mis manos ya no estarán.
Intenté buscar
siempre en tu interior
y decidí que no importaba
si todo no iba perfectamente bien.
Me senté junto al mar
para ver cómo volabas
y supe que siempre irías buscando
nuevos caminos que recorrer.
Llegará por fin la noche
incluso el mar se secará
y tú volverás a buscar mis fuerzas
y mis manos ya no estarán.
Apoyada la vida en un bastón,
jugándose el futuro en cada carta,
aferrado a un equipaje de valor,
y con un as de bata blanca en una manga.
Herida por el tiempo y los grafitti
en su piel las huellas de otras pieles,
vacíos los bancos de mamás despreocupadas,
de intercambio de cromos, de abuelos de bastón.
La miro con nostalgia de niña con patines,
de tardes de comba y pan con nocilla,
de juegos de piratas, de charlas con amigos,
de aquel vecino guapo, de besos en la esquina
y a la luz de la farola del adulto clandestino.
Buscando el árbol que más que sombra era cobijo,
me siento en el banco de piedra, portería de niño,
coche de carreras, cueva de bandidos,
cárcel para ladrones, decorado de cine.
Nos miro a las dos, unidas por el tiempo y el espacio,
aunque cambiadas, seguimos en el mismo sitio.
No espero promesas ni futuro
ni palabras con sabor a tiempo,
no quiero amor a plazo fijo
ni más eternidad que la de un beso.
Prefiero un corazón en efectivo,
un instante en común que sea ahora,
me vale con saber que tú me sabes
y que tu único contrato es con mi aliento.
Esta noche le han robado una hora al tiempo.
¿Quién puede?
¿Quién corta un trozo de mi vida impunemente?
¿En nombre de qué bien común?
Esa hora que ya no viviré
y que generosamente me devolverá el otoño,
la quiero ahora, hoy.
Es en este momento cuando la espero,
cuando necesito todos mis minutos,
cuando deseo vivir cada instante,
cuando quiero paladear mi tiempo,
el poco tiempo que tengo,
sorbo a sorbo contigo.
Es ahora, cuando podrías estar a mi lado.
Madrugada ya.
No sé si las dos o las tres, ni me importa,
sólo sé que empieza abril en las calles y en el alma.
Miente el viento, suena a invierno feroz
y grita entre los balcones y la ropa tendida
y le duele a los árboles de la plaza.
Aquí dentro tódo es plácido y tibio,
la noche de los lunes no es totalmente lunes
cuando construyo trincheras en tu pecho.
Cae la hora bruja y recuerdo tu promesa
de traerme el desayuno a la cama
en tus manos totalmente vacías.
Y en el acto de escribirte ahora
se concretan mil impulsos que te cuento:
El de no desgastar las palabras
por el simple uso, o el abuso,
el de renovar un voto
de fidelidad eterna a mi alma,
el de mantenerme firme,
ansiadamente serena y tranquila,
el de abrir de par en par las puertas
que me cierro al levantarme,
el de confiar en ti o en mí
yo que nunca confié en nadie,
el de desnudar mi esencia
y escudarme en el pudor,
el de renacer cada día
tras morir un poco por las noches,
el de mirarme al espejo
con la mente recién lavada,
el de volver a hacer las costuras
para adaptarme a los cambios,
el de disfrutar del placer
que ofrece volver a equivocarse.
Pero sobre todo siempre
vaciarme en el papel en blanco,
dar a luz un alma nueva
y dejártela en las manos
para que la acunes y la mezas
y la modeles y crezca contigo
y en ti.
Y muera sólo contigo.
Eché de menos tu mirada oscura,
tu cara apoyada en las manos
mientras me escuchas, mientras callas.
Eché de menos esa sonrisa indecisa
que sólo nace después de la mía.
Eché de menos un sabor en los labios,
la leve presión en el costado,
la caricia invisible del aliento y el aroma.
Eché de menos discutirme con el tiempo,
aferrarme a tu presencia en cada ola
y salvarme del naufragio de los días.
Eché de menos, en fin, no tener miedo
a echarte de menos.
El faro reina en el mundo,
haciendo sombra a la luna.
Muerden las olas la roca,
la desgastan
en un contínuo estruendo.
Hay un crujido inaudible
de arena fresca y pies descalzos,
olor de amantes, de vino y fresas
espeso como el aire
en que se enredan.
Y un rumor de caderas y labios
y deseos
se impone sobre cualquier eco.
Reposo de alientos y manos
antes de emprender el vuelo.
La ventana nos abre a incómodos sonidos,
música irreal que nace en la calle, que asusta
y un frío tenaz que congela el alma
y sin embargo
nada acalla el susurro de tu respiración
que se filtra poco a poco hasta inundar mi espacio
y tu voz lo envuelve todo, cálida, en un abrazo
y no es extraño
ganarle desde hoy cualquier batalla al mundo
cuando la única frontera entre nuestras pieles
no es más que la tenue luz azul de una vela
y un solo aliento.
Le he arrancado un desierto
a las hojas del sábado
y lo contemplo
con la arrobada mirada del que ama
un mundo, una palabra, una idea,
un alma.
Madrugada, ya es mañana
y por dentro siento que no ha pasado aún
el día de hoy
se ha estirado cada hora como la nota
que se alarga en la garganta de un agudo
imposible.
Huele a tormenta en el aire
y sigue siendo sábado
y lo sobrevuelo
con el mensaje que nace entre mis dedos
y te reclama.
Una vida prendida en un poema.
A veces ni eso,
a veces las palabras saltan
desde los dedos
inquebrantablemente crueles,
libres, vivas.
A veces el infinito es un billete de ida
o la entrada a un teatro
"sólo para locos".
Y de nuevo, en cada poema
hay más vidas de las que pueden vivirse,
capa a capa,
cambiando de piel como una serpiente
y dejándose el alma y el cuerpo
en cada línea,
en cada verso.
A veces la luna baja hasta las calles
y firma pactos con los poetas.
A veces incluso se inmola con ellos
y ya de madrugada
renace de entre las cenizas
vestida de tinta y oliendo
a nostalgia y a fresa.
Y me hablaba el mar,
y me contaba…
Entre espuma desgranó las palabras
sollozos de sal y de agua
tristeza de rojo coral y oleaje,
cantos de sirena varada
en la arena.
Su voz llevaba nombre de marino,
crujido de madera
y de viento enredándose en las velas.
Tenía acento de playa vacía
y de tormenta.
Refugiado su llanto en el pañuelo
que alza el vuelo
disfrazado de gaviota en el adiós del puerto.
Lanzando feroz su furia inútil
a las rocas.
Y me hablaba el mar,
y me contaba…
sus penas.
Y yo que hoy quería escribir un poema
para romper con él el estado gris
del paisaje.
Quería negarle al reloj con cada verso
el tiempo de la espera
y confesarme uno a uno los gestos
que le oculto al espejo.
Quería modelar el silencio como arcilla
y darle forma al alma entre los surcos
de la piel.
Pero las palabras eran arena fina
huyendo entre los dedos
y la tinta ha marchitado poco a poco
las hojas de mi libro.
Un mogote (*) recubierto de amapolas,
la promesa del futuro sin ciencia ni ficción,
el recorrido de un tren de cercanías
con parada obligatoria en mi estación.
Una regata de cáscaras de nueces,
la nariz del payaso que se olvidó de llorar,
el calendario en que son fiesta los lunes
y de enero a diciembre siempre es Carnaval.
Un taxi libre después de una cena,
la obra de teatro en que jamás cae el telón,
la distancia desde su casa a mi armario
con derecho a elegir el primer cajon.
La sirena acalla los latidos
del tráfico
y rasga la negra noche del taxista
mientras releo una y otra vez
la historia escrita en blanco.
He jugado a buscar sinónimos
a palabras que tienen sabor
y textura
arropándome en las luces de la calle,
solitaria tribu de farolas,
que inunda mi ventana.
Interminablemente largas
las páginas
del tiempo que esperaba
a la razón que recuerda
que mis días son hijos de otros días
y mis noches, consecuencia de otras noches.
Hoy tengo luto en los ojos
de clavel y caracolas,
ausencia de cerezas dulces,
tristeza germinando en los dedos.
Hoy llueven pájaros azules
confusos como ficciones,
grillos mudos que le cantan
a la ausencia de la noche.
Hoy se reducen los días,
se convierten en ungüentos
hilando la ruta que lleva
a la anestesia del sueño.
Hoy lloro porque se me ha roto
la máquina de hacer poemas
mi voz ahora sombra del verbo
mi cuerpo, un bosque de piedra.
Si el mundo fuese perfecto
el amor no tendría Citas Concertadas,
ni Horario de Visitas,
no tendría Vuelva Usted Mañana,
ni Libertad Vigilada,
no tendría Paso Obligatorio,
ni Direcciones Prohibidas,
no tendría el amor Pasaje Sólo de Ida,
ni cartas Sin Remitente,
ni Cerrado Hasta Nuevo Aviso,
ni Diríjanse a la Salida,
no tendría Ya No Hay Billetes,
ni Permiso Restringido,
ni tantas Llamadas Perdidas,
no tendría Personal Autorizado,
ni Zonas de Fumadores,
ni Peligro Inminente,
ni Sólo en Horas de Oficina.
Cambiando el rumbo de las risas
por la senda del aliento y la ternura
el alma se rinde al conjuro de las manos,
a la pócima secreta de los labios
y al eco del deseo de tu magia.
Hoy me han despertado las palabras
hechizo envuelto en fresas dulces
escrito con la tinta cálida
del sabor de la esencia de tu risa
y la promesa del sol en la mirada.
El vaho en el cristal
como cataratas,
como gruesas cortinas
de agua
que te ocultan,
que me ciegan
como cuando el viento
me enreda el pelo ante la cara.
Lentamente
las gotas te contemplan, avaras,
una a una, en procesión,
en suave caída,
por no irse,
por no evaporarse y llevarse
el mensaje de tu cuerpo
lejos.
Y aquí, al otro lado
hay sed en mis dedos
y tacto de vidrio caliente,
al vapor me hago líquida
y me fundo, me deslizo
entre el brillo del espejo,
me evaporo
... y me respiras.
La ventana a tu alma
abierta ante mis ojos
que rozan
tu piel en cada mirada.
Reescribiendo una y otra vez
La historia de un sueño.
Inventando los sinónimos
que necesito esta noche
para volar,
para andar descalza
sobre esta arena azul,
pintada de caracolas
y reflejos tenues de velas.
Bajo la lluvia que huele a mar
y bajo tus manos que miden
este cuerpo que se hace luz
a tu paso,
en esta playa sin otro nombre
que el tuyo.
Seducida por la promesa
de tu presencia cierta,
el llanto de la clepsidra
que desgrana su vida
en cada lágrima,
justifica gota a gota
una existencia.
Y ahora
que todo se me hace extraño
cómodamente impreciso
y feliz,
que toco lo intangible
con el roce de los dedos
del deseo,
que ofrezco mi cara a la lluvia
y mi pelo a tus manos,
que no escondo mi rastro
a tu vista
y siembro una estela de perlas
que te atan sutilmente a mi piel
Ahora
que contemplar el mundo
se ha vuelto un pasatiempo
de dos,
que sobrevuelo las distancias
en el mínimo instante
de un parpadeo,
que el tiempo se mide por la duración
de un poema,
y el espacio que ocupo guarda aún
tu huella.
Ahora
que dibujo itinerarios
en los mapas de la noche...
sígueme.
Los instantes mueren
cuando no tienen quien los viva,
cuando la renuncia
se adueña de la falsa sensación
de libertad,
cuando sin quererlo
se rompen los pocos lazos
que aún nos atan a la vida,
cuando se yerra la frase
y se añade un punto donde hubo una coma.
Los instantes mueren
cuando su fugacidad no importa,
cuando la distancia
empieza a tener kilómetros y nombres de calles,
cuando el tiempo
logra tener la apariencia de agujas de plata,
cuando las palabras
no pasan de ser verbos y adjetivos.

Leve
brillante y frágil como la gota
que tiene, al sol, su tiempo contado.
Con la suavidad del cristal pulido
por los años y el amor
y el uso.
Instante puro, nítido y fugaz
en el que se abren las puertas
permitiendo roces.
Con el sabor dulce del chocolate
clandestino
de la niñez perdurable
y eterna.
Con el poder de manejar
la máquina de predecir sonrisas
perfectas
azules.
Releo el poema,
el breve haiku que te cuenta,
las sílabas que describen un instante
fugaz, luminoso.
Suena dulce mientras enhebro palabras
que dibujan un sueño
presidido por tu imagen sobre mí,
cercano aliento.
Vívido recuerdo que eriza la piel de la espalda
que arranca límites y deshace los eslabones
de la cadena.
Releo el poema
y el aire aún sabe a ti y hay un eco
y una espesura en el alma, plena
y un temblor en la mirada
que se cierra.
Al norte de tu sonrisa
donde la voz apenas llega
y la imagen es un deseo
que choca, ciego,
contra los ojos del alma
perdida en la fantasía
de la noche que, callada,
apuesta por los días de noviembre.
Pura esperanza,
armada con restos de naufragios.
Vacía, lenta, aturdida
intentando desgranar palabras
perezosas,
una a una,
con el deber último
de justificarme,
de decir por qué, de qué y a quién.
La desobediencia de la mano
secundada por la pluma
y un alma nublada hoy
por el gris de los pesares,
el negro de la distancia,
por la necesidad apremiante
de oxígeno,
por el doloroso ansia
de decir.
Y mientras tanto
posiblemente en Orión
se ocultan las pocas frases
que definen mi huída
hacia adelante,
siempre.
Comprendería
el universo
si me lo presentasen con su libro
de instrucciones
si manejarlo fuese para mí
tan sencillo
como cualquier aparato:
una tecla y arranca,
otra para que obedezca,
otra para colorearlo
y darle brillo
y matizar los contrastes.
Evaluando la necesidad
de la esencia precisa de las cosas,
comprendo la exaltación de unas cuantas,
la espera de unos pocos.
Sonrío displicente pensando en los anhelos
que persiguen
los seres que aún no saben sopesar y
desconocen el peso real en la balanza
de una mano que sujeta,
de una sonrisa que ilumina,
de un abrazo que conforta,
de una voz que acaricia,
de una fresa dulce en tu boca,
de un recuerdo en cada poro,
de un café de madrugada,
del calor de una llamada.
Si al abrir los ojos al blanco
oyes una voz que te nombra,
una mano que oprime la tuya
y un beso reposa en tu frente,
es que se ha cambiado el órden de las cosas,
el ritmo de los días,
es que ha enloquecido la aguja en la esfera,
y vuela en su giro,
es que se han borrado las curvas del mapa,
es que estoy contigo.
Cada noche tu imagen,
insistente siempre,
vigente en mi memoria,
persiste en las horas y en los días.
Tu cuerpo, idea tangible y fiel
que invade los recodos
y recorre los espacios que me quedan.
Te recuerdo así, quizá te siento,
intensamente cercano,
infinitamente mío
roce de mi alma y de mi piel.
Guía en mis viajes por tus sueños
espejo de mis deseos
que se hacen eco en tu voz,
al tacto que nace
de mis propios dedos.
k.
Yo te diré
cómo se hace una cuna
entre mi pecho y mis brazos.
Te enseñaré
que hablamos el mismo idioma
si permanecemos callados.
Por largo que sea mi día
no tiene minutos suficientes
para llenarme de ti.
Le falta el calor de la aurora
cuando me acompañas,
no tiene ese abrazo en la tarde
que me protege del frío.
Y se quiebran las agujas
que recorren la esfera
cansadas de querer ser tú.
Y se agotan los verbos
y los pronombres se quejan
de no saberte decir.
Por largos que sean los días
se me acortan los espacios
cuando te arrancas del alma.
No tiene más que tu tacto
que persiste en la memoria.
No queda más que la huella
que se graba en mi costado.
Y se disuelve la seda
que dejaste en la almohada
convirtiéndose en tu piel.
Y se desnuda la tinta
que te escribe cada noche
amiga, amante, fiel.
Y en mis manos la pluma
y el papel en que escribo.
Un silencio precioso y fiel
roto apenas por el viento.
Soledad serena
tan azul como el cielo que me mira.
Tan cálida como la hierba
donde reposo mi tiempo.
...y tú tan lejos.
Detrás de la esfera brillante,
líquida en que te escondes.
En la distancia que absorbe
esencias y aromas.
En la necesidad urgente
y precisa de la huella.
Con el matiz infinito
de la serenidad oscura.
Con el tacto del alma
prendido en los dedos.
Con la palabra exacta
muriendo en los labios.
Desde la imposible razón
de la espera.
Por la fiel y libre certeza
de la ausencia llena…
sonríeme otra vez.
Faros de distancia abierta,
distancia blanca, de nubes
la ventana convertida en espejo,
inútil reflejo de horizonte
para una Alicia desangelada
que busca la puerta diminuta
por donde apenas caben los sueños
Recuerdo su voz cuando dijo:
"nunca es tarde para escribir un poema"
Y jugando, como sabe, con las palabras,
dibujaba horizontes azules de mar.
Pero hay lenguajes antiguos
que sólo la piel comprende
Y como, sin saber dónde nos lleva
afrontamos día a día el camino
que se abre.
Que se ofrece como manos extendidas.
Infinitas manos, infinitos dedos,
infinitos lazos, infinitos pasos,
como infinita es la arena.
Y con la tranquilidad que da
estar un poco de vuelta de algunas cosas,
sólo de algunas, no muchas, y apenas un poco,
miro la fotografía y sonrío levemente
con infinita ternura, con cariño y sin que nada despierte
con el alma adormecida por la distancia
con la serena displicencia que dan los días.
Y sonriendo aún, enciendo un cigarrillo, miro por la ventana
y olvido.
També hi ha el clos furtiu en què les coses adopten l'aire plàcid i discret que tant commou, i tot és una cambra feta a mida de l'home i la seva ombra. (Miquel Martí i Pol)
Busco el tacto, al azar,
de la piel invisible
del sabor inexistente.
En el camino no trazado
de planetas rojos.
En la exquisita locura
de unas manos susurrantes.
En la geografía intangible
de los cuerpos tibios.
En el aroma inexacto
de la ausencia.
Desde aquí, escondida en este rincón,
a veces pozo y otras veces atalaya
a menudo enjambre y siempre desierto.
Desde donde yo miro y siento
que es palco y también escena
más sombrío cada día y a todas horas con luz.
Desde mi humilde posada
donde cada deseo se duerme tras la esperanza
donde la tinta es impulso y los ojos son papel.
Desde aquí…
De tanto esperar sentado en la orilla
Se cubrió tu alma de espuma
De tanto intentar alcanzar el sol
Se llenaron tus manos de ceniza
De tanto soportar ese dolor de hierro
Se oxidó tu corazón junto a la playa
De tanto mirar la luna en tu ventana
Se volvieron tus ojos manantiales
De tanto querer, amaste demasiado
Te quisieron, pero tú ya eras otro.
La sangre azul de la pluma con la que te hablo.
Fría, insensible, líquida sangre.
El desierto de vainilla que recorre
y una cinta de seda.
Y una mano
Y un alma que se diluye en la tinta.
Y tú y la distancia
Y las calles que aúllan de lejos con sus gritos de ambulancia.
Y la noche
Y las luces que desgarran el cielo donde te busco.
Y la nada.
A veces -el fuselaje roto de mil malos despegues y otros mil peores aterrizajes,
las alas temblorosas y llenas de parches, los motores rodando apenas,
cansados de tantos vuelos- enfilamos una vez más la pista sin demasiada convicción,
con decisión pero con ese leve roce en la nuca, ese roce frío que produce el miedo.
Miedo a que la pista se acabe antes de separar las ruedas del suelo,
miedo a ponernos en manos de ojos ciegos y voluntades cansadas e indiferentes,
miedo a -quizá- no recordar las maniobras precisas, las imprescindibles normas de seguridad,
miedo -en fin- a volar de nuevo.
Y sin embargo, titubeantes, asustados, maltrechos pero ilusionados, volamos otra vez.
Volamos por que merecemos ver el amanecer desde el cielo, el atardecer desde las nubes y el sol de cerca.
Volamos.
Llovía y caminabais juntos bajo el paraguas.
O a lo mejor no llovía y paseabais de la mano a la luz de mayo.
O quizá os abrazabais protegiéndoos del frío el uno al otro.
¿Lo recuerdas?
A veces aún llueve.
En mayo brilla el sol.
Indefectiblemente llega el frío.
Y todo volvería a empezar.
Y sin embargo…
Preguntas
¿Con qué llenaré las páginas de mi libro?
¿A quién hablaré en mis madrugadas?
¿Dónde se esconderá el sueño que persigo?
¿En nombre de quién abrazaré mi almohada?
¿Para quién derribaré mil muros con mis manos?
¿Cuántas vidas viviré muerta de frío?
¿De qué reino volveré a ser princesa?
¿Cómo olvidaré un río, un lago, un castillo?
Como siempre volví a equivocarme y pensaba que todo era azul.
Lo más duro fue despertarme y ver la oscuridad al abrir los ojos.
Caminé sin descansar por un suelo sucio y gris,
creí que acabaría con todas las lágrimas.
Pero siempre, tras la tormenta, sale el sol y con él llega la normalidad y la calma.
Y la serenidad de ver que en el suelo más yermo vuelve a brotar la hierba.
Y que no me importa cuantas tempestades se desaten.
Y que no me importa cuanta negrura vea al mirar al cielo.
Y que no me afectan las piedras que en el camino arañan mis pies.
Seguiré siendo azul.
En la oscuridad de la noche su luz me envuelve como seda sobre la piel,
la soledad que desprende abraza mi cuerpo y con carícias de nube me ama.
Si no amaneciera…
Siento que la luna es mi amante,
que sabe como yo, arrancarse el alma y el corazón
y lanzarlos hacia el cielo y las olas esperando que alguien los recoja.
Me besa con labios de hielo y enreda sus rayos entre mi pelo ,
su claridad alimenta mis raíces.
Y le hablo, y la miro, y le canto,
y le pido que se quede toda la noche,
que ocupe su trono de terciopelo negro y reine en mi mundo.
Después, los rayos de sol…tan ásperos, tan reales, tan cálidos sobre la piel
me señalan un horizonte que ya conozco
y me empujan a llamarla de nuevo hasta que pierdo el aliento,
hasta que mi voz es brisa.
Y ella vuelve. De nuevo llega la luna,
de nuevo sobre mi cama me amará de madrugada e inundará este alma fría… con luz más gélida aún.
Sin prisas, tranquilamente, tenemos todo el tiempo del mundo.
Todas las noches del tiempo.
Suena el silencio con atronador vacío
Tiemblan los ojos y se ciega el oído.
Las nubes se encharcan,
se asusta la noche
y las olas del bosque pronuncian tu nombre.
El mundo se para,
me abraso de frío.
Los pájaros huyen porque llora el río...
... será que ya todos saben que te has ido.
Me despierto por la noche
y tu sal aún en mi cuerpo
ahuyenta brumas del navío
que naufraga con tu viento.
Me columpias en tus brazos
al ritmo del universo
dejando encendida una vela
que me alumbra si despierto.
Y al calor de tu piel suave
descanso tras la fatiga
y en tu mirada me pierdo
lanzándome al mar que me ahoga.
Qué negras sombras me obligan a huir despavorida,
dejando tras de mi jirones de mi alma, retazos de mis sueños.
Corriendo desnuda por una playa sin mar ni arena, ni cielo, ni algas.
Llorando lágrimas secas que desgarran mi piel a su paso.
Qué nubes de tormenta me anuncian un trago amargo,
un frío en las entrañas, cortante, dolor de látigo.
Llamando a cada puerta, mi puño ensangrentado e inútil, en fín, nada.
Cayendo de rodillas sobre el suelo pedregoso, estéril como el mañana.
Quién sepa decir que hable ahora, que me diga , que responda:
¿por qué la noche tan vacía de abrazos , con su abrazo me atenaza? ,
¿qué penumbra ciega el ojo, el corazón detiene y la encendida boca apaga?.
Y al final solo viento grís, que levanta barreras de polvo,
opacas, frías, gigantes, como torres de piedra.
Como mi miedo…
Em demanes perquè no escric
I no sé com explicar-te
Que no escric per que no puc
Tú m’has robat les paraules
Amb la teva absència els mots
No troben com inventar-te
No hi ha màquina ni ploma
Ni paper, no hi ha llenguatge
Quan tu marxes no hi ha veu
No hi ha lletres ni missatges
L’ànima no em dicta versos
El cor, mut, mai ja no canta
Ara saps perquè no escric
Ara ja puc explicar-te
Que no escric perquè és per tú
Per qui néixen les paraules
Parece un hombre como cualquiera
más tranquilo quizá
los pájaros que había en su cabeza
nunca quisieron volar
las tardes las dedicaba
sentado a mirar el mar
y a pensar cuanto ha llovido
para poderlo llenar.
Antonio no quiere respuestas
él sabe lo que es verdad
no necesita del mundo
ni tiene de qué escapar.
Y a menudo me pregunto
si no será mucho mejor
hablarle al viento como Antonio
y esperar contestación,
jugar a dibujar las nubes,
tirarle piedras al sol,
saber como nacen las flores
y como vuela un halcón.
Antonio no está tan loco...